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¿Reverdecerá el laurel?

Para quienes gustan de las profecías, tan difundidas por estos días de incertidumbre, dolor y miedo, existe una a la que quisiera referirme. Una que lejos de ser destructiva o propia del fin de los tiempos, sostiene que el 2021 “reverdecerá el laurel”. En efecto, Guillermo Belibaste en el 1321 sostuvo en su propia hoguera que ello ocurriría en 700 años.

Belibaste, el último de los Cátaros quemado en la hoguera por sus ideas heréticas. Además, por sus tesis de paz, inclusión y empoderamiento, como diríamos en estos tiempos. Fue considerado un enemigo peligroso por la Santa inquisición católica y el Rey de Francia, según nos relatan distintas crónicas de historiadores o seguidores de los Albigenses o Cátaros, quienes han recreado los hechos que van a contra pelo de la historia oficial de los vencederos y que hoy de alguna manera resurgen en momentos de un Cambio Época.

No pretendo en estas líneas enjuiciar nuevamente a la Santa Inquisición, ni tampoco dar una explicación al cómo y al por qué Belibaste sostuvo que en 700 años resurgirá la esperanza de las personas desinteresadas del poder de dominación y creadoras de comunidad, como era el ideal que se exigían los cátaros en la región de Occitania. Sitio que aparentemente se trasformó en un refugio frente a las imposiciones de los poderes temporales y eclesiásticos de entonces.

Los cátaros parecieran haber intentado crear una comunidad distinta de la patriarcal y lejana a los cánones bélicos que siempre traen consigo la dominación por parte de instituciones foráneas y/o naciones que buscan ampliar sus esferas de influencia política y económica a través de la fuerza.

En lo poco que sabemos de esa civilización que se habría extendido entre el siglo X y XIV en el sur de Francia, cabría destacar el establecimiento de una relación en armonía con el entorno natural, cuyos rasgos más destacados fue su abstinencia en el consumo de carnes (menos pescado), pacifismo y, sobre todo, ser testimonio de una vida consistente con las enseñanzas de Jesús.

Por cierto, no propongo volver al Catarismo por varias razones; la primera, porque sabemos muy poco de ellos; segundo, tampoco me satisfacen las interpretaciones dualistas. En efecto, no concibo apropiado rechazar nuestra humanidad según habrían planteado los Cátaros, quienes en la búsqueda de la perfección renunciaban a lo material. Incluso sus propios cuerpos eran concebidos como un lastre que los aleja del bien que se manifiesta únicamente en la espiritualidad.

Sin embargo, he relevado esta profecía porque veo miedo, mucha rabia y agitación social a nuestro alrededor. La esperanza de un cambio político y social pareciera estar depositándose en la crispación y odio. Sin duda vivimos un tiempo muy singular en el que la pandemia nos ha permitido un espacio para mirar en perspectiva nuestra sociedad, con sus infinitas brechas, sus egoísmos, nuestras precariedades humanas en lo afectivo, y una idea de desarrollo moderno que se está derrumbando como un castillo de naipe. ¿Cómo tranquilizar nuestros espíritus?

Tal vez es tiempo de ampliar nuestras conciencias, volver a orar, meditar y conectarnos con la naturaleza.

El 5 de junio fue el día mundial del medioambiente, el cual producto de la pandemia pasó desapercibido, sin embargo, este asunto es posiblemente el mayor reto que tenemos como humanidad. Cambiar nuestros estilos de vidas y ampliar nuestras conciencias a objeto de sobrevivir como especie.

A pesar de los aproximadamente cinco meses que hemos bajados las emanaciones de dióxido de carbono a nivel global producto de las cuarentenas en los países, ello ha sido casi insignificante en el impacto respecto a los gases con efecto invernadero, los cuales, según el NOAA, solo han disminuido un 17%. El calentamiento global sigue siendo causa del aumento dramático de incendios registrados en distintas latitudes tales como Australia, California y Brasil en el presente año con sus lastimosas consecuencias sobre la biodiversidad, y muy posiblemente desde este mes veremos noticias que mostrarán la intensificación de los tornados o huracanes en el hemisferio norte de nuestro continente, entre otros desastres naturales provocados en gran medida por el calentamiento global, acelerado por nuestra acción irresponsable.

Es tiempo de cambiar, y ojalá reverdezca el laurel. Depende de nosotros.

Por Jaime Abedrapo, director de la Escuela de Gobierno de la USS.

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