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Volvamos a lo básico, seamos responsables

Con más de 6 mil fallecidos y cerca de 300 mil contagiados, el coronavirus no sólo ha desnudado las falencias (no por ello desconocidas) que aún persisten en nuestro sistema de salud, también ha dejado al descubierto algo que nos cruza como sociedad y que quizás, es parte del problema, que no es otro que la desconfianza.

El chileno vive preso de un verbo que causa mucho daño, ya que no hay vacuna para combatirlo, no tiene soluciones automáticas ni tampoco hay forma de hacerse inmune. Y ese virus se conjuga en tiempo presente – “desconfiar”-, pero tiene también conjugaciones pasadas y futuras.

El 18 de octubre lo dejó expuesto ante todos, pero hasta la fecha se sigue usando y ha sido testigo y privilegiado del avance del COVID-19 en nuestro territorio.

Este fenómeno no es nuevo y la encuesta Bicentenario, proyecto de la Pontificia Universidad Católica de Chile en conjunto con la empresa GFK Adimark que se desarrolla desde el año 2006 y que tiene como objetivo reflejar el sentir sociocultural chileno, lo viene manifestando desde sus inicios. Y la del año pasado (publicada en septiembre, semanas antes que el Metro fuera incendiado) reflejaba una desconfianza acentuada en instituciones que son claves para el desarrollo democrático de una nación: tribunales de justicia, los partidos políticos y los parlamentarios.

Entonces hoy observamos que mucha gente no respeta ni los cordones sanitarios, ni las cuarentenas, ni los toques de queda. Y no estamos hablando precisamente de ese grupo socioeconómico que tiene que trabajar todos los días para subsistir, hablamos del que, desde una posición muy lejana a la pobreza, no cree derechamente en el sistema.

Los que en octubre hacían fiestas ciudadanas en Plaza Ñuñoa no respetando el toque de queda y desafiando a la autoridad policial y militar, sin ningún atisbo de remordimiento, son los que hoy en cada fin de semana largo buscan cualquier subterfugio para salir de la capital con destino al litoral central. Los que creen que hay muchos muertos no comunicados, los que se atreven en decir que se vive en “dictadura” por un lado y los que buscan que su empresa siga funcionando a cualquier precio, incluso sacrificando la salud de sus trabajadores, por otro.

El chileno se acostumbró a desconfiar y eso nos ha llevado a configurar una mezcla rara de convivencia que no cree en nada, pero que igual saca pequeñas ventajas personales apenas se le presenta la oportunidad.

Si como sociedad no nos miramos al espejo, desnudos, sin caretas ni carcazas, quizás podríamos ver el futuro de una manera distinta, pero hoy eso es casi imposible, ya que no tenemos líderes que nos guíen ese debate y mientras tanto el presente urge. El presente nos apremia y nos demanda soluciones instantáneas.

Pero si una parte importante de la población sigue desconfiando de las instituciones, no se va a seguir respetando ni las cuarentenas ni los toques de queda. Y ante la amenaza de un “estallido social 2.0”, nos encontramos en medio de un cuello de botella social, que tiene a una sociedad apretada, asustada y a la vez intolerante, buscando respuestas urgentes y a la vez, a largo plazo.

¿Por dónde viene la solución?

No hay soluciones mágicas, pero el sentido común en algo debiera ayudar. Chile tiene autoridades democráticamente electas, tanto en el Gobierno como en el Parlamento y son ellas las que deben tener la primera responsabilidad a la hora de buscar una salida dentro de los márgenes de nuestra legalidad vigente. Precisamente para eso fueron elegidas, para debatir y buscar acuerdos por el bien común del país.

Si ello no ocurre y luego de superado el coronavirus, Chile entra en un espiral de violencia sin control, apurado por una parte de la sociedad que desconfía de todo y que llama a desconfiar de todo, entonces cuando el estado de derecho se pierda y el caos inunde cada rincón del territorio nacional, la historia deberá juzgar con singular estrictez a quienes no hicieron nada por detenerlo y a los que lo promovieron sin medir las consecuencias.

Equipo de AN

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