Chile vive su peor crisis político y social desde el retorno a la democracia el año 1990, esta sentencia, grave y preocupante, parece no tener contrapeso en todos los sectores.

Ello no quiere decir que no se hayan vivido momentos complejos en las últimas décadas, por supuesto que hubo momentos duros y complejos (boinazo, fuga de los frentistas desde la cárcel de alta seguridad, detención de Pinochet en Londres, caso MOP-Gate y otros), pero siempre fue el propio sistema político el que dio con la solución más idónea para el momento que se vivía. La Concertación y la oposición (RN-UDI) lograban siempre dar con una salida que salvaguardaba la institucionalidad y la continuidad del sistema democrático.

Lo anterior, se ve en la actualidad como un lejano y muy contradictorio pasado. ¿Era tan sólida la democracia que se construyó? ¿Hubo siempre un repudio a la violencia en todas sus formas?

La respuesta natural a ambas interrogantes debiera ser un sí rotundo. Pero la dinámica de los últimos acontecimientos hace que todo lo construido en el pasado quede en entredicho.

Ya lo planteábamos en anteriores editoriales. La violencia de carácter terrorista que se vivió desde octubre del año pasado, no encontró un repudio total y absoluto en toda la clase política. Y como la política está hecha -más que de grandes decretos o leyes- de símbolos, gestos y sensaciones, el “mensaje” quedó “enviado”. Si quemar el metro, atentar contra la propiedad privada, atacar en forma continua y sistemática comisarías y regimientos, no genera repudio y más bien, pasa a ser un dato más de la agenda pública, el recurso de la “violencia” pasa a ser un actor más en la actividad política.

¿Exagerado el análisis? Ni de cerca, para ello, solo revisemos lo que pasó la noche anterior a que la Cámara de Diputados votara la posibilidad de retirar el 10 por ciento de lo cotizado en las AFP.

Ataque a comisarías de Huechuraba, Maipú, Pedro Aguirre Cerda -por nombrar algunas- (a la misma hora). Barricadas y saqueos. Mismo formato, misma violencia, mismo objetivo. ¿Y el 18 de octubre?

¿Se puede creer de algo espontáneo cuando se ataca en un breve lapso la red del metro?

Tan dañino para la democracia es que los poderes fácticos pauteen a los parlamentarios, es que por medio de la violencia y terrorismo, se presione a esos mismos parlamentarios para orientar su voto en uno u otro sentido. Para lo primero, Chile ha avanzado en condenar y sancionar a los que incurren en malas prácticas, para lo segundo, no se ve ni siquiera un atisbo de condena trasversal a la violencia desatada en las ciudades y campos, muchas veces con carácter derechamente subversivo.

Lo que se observa en el país es que el régimen democrático está en entredicho (o peligro) si las fuerzas políticas no condenan con energía la violencia en toda su dimensión. Lo anterior jamás debiera motivar excusas para no avanzar en reformas necesarias para un sector de la población que siente que el progreso no llega a sus vidas y que el día a día se le hace inaguantable.

Pero concordemos que de sucumbir el sistema que nos rige ante la violencia, no habrá ni vencedores ni vencidos. Solo derrotados. Y en ese escenario, los que son más derrotados aún, son los que menos acceso han tenido al progreso.

En esta ocasión, no es una carrera de largo aliento, es una lucha contrarreloj.

Equipo de AN