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Todo aquel que usualmente cocine, sabe que la olla a presión puede llegar a ser un elemento muy útil, pero que si no se maneja con la precisión y cuidados necesarios se transformará en un arma peligrosa.

Sus principales características son dos: la primera, una preparación de horas puede hacerse en minutos en este artefacto, con muy buenos resultados. La segunda, y nada positiva, es que cuando se llegue a punto de ebullición debe tratarse con varias precauciones y una vez terminada la preparación, la olla debe dejarse enfriar cuidadosamente antes de poder abrirla. Si estos pasos no se siguen con rigurosidad, puede terminar en una peligrosa explosión.

Nuestra sociedad, la chilena, se transformó de la noche a la mañana, en octubre del año pasado, en una olla a presión, una antigua, a la que hay que cambiarle algunos “accesorios” para que “no pierda temperatura” en medio de su funcionamiento, pero que aun así ha “cocinado” con éxito varías preparaciones, desde las demandas del gremio camionero y sus problemáticas -principalmente, ante ataques violentistas en la zona mapuche- hasta la posibilidad más cierta de botar a la basura la actual Constitución, para ya no reformarla, sino que redactar una nueva, partiendo de cero, de un papel en blanco.

Todo indica que ésta será la nueva forma de conseguir demandas, le guste a quién le guste, pero ¿es positiva esta herramienta? ¿Qué tanto se podría seguir usando esta olla a presión? ¿Habrá nuevas “preparaciones” en el “recetario nacional” que sólo están dormidas por la pandemia?

Indudablemente que la gestión de esta administración, como la de cualquier país, que se ve entorpecida por presiones como las sufridas por este gobierno, se ve obligado a postergar de forma importante su agenda programática, lo que resulta contrasentido en la medida que fue su “proposición de hacer las cosas”, reflejado en su programa, el que le permitió triunfar en las respectivas elecciones.

Asimismo, el legislar bajo la presión de las multitudes y de las que no son tanto, pero que poseen una importante capacidad de movilización, o de “hacer ruido”, parece convertirse en parte de la “nueva normalidad”, no la anunciada producto del COVID-19, sino más bien la heredada del 18-O.

Aún falta por ver cómo se desarrollará el proceso para elaborar una nueva Constitución, pero con seguridad las próximas problemáticas que serán parte del menú elaborado con olla de presión son la discusión sobre el salario mínimo, el establecimiento de cupos especiales para pueblos indígenas en la elección de constituyentes, o el reajuste del sector fiscal.

La olla está sonando…

Equipo AN

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