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It ain’t over til it’s over

Poco falta por decir que no se haya dicho respecto de la verdadera batalla electoral vivida durante la última semana entre Donald Trump y John Biden. Lo cierto es que a pesar de lo auspicioso y fácil que se aventuraba el triunfo del candidato demócrata en las encuestas dadas a conocer en los días previos, la situación fue complicándose en la medida que se cerraban las mesas de votación y empezaban a darse a conocer los primeros resultados. Los hechos demuestran que Trump perdió la elección antes del 3 de octubre. El futuro de la transición está por verse y la extrema polarización de los partidarios “ultra” de uno y otro lado, podría dar paso a expresiones pocas veces vistas en la política estadounidense.

No, no es la canción de Lenny Kravitz la que promocionamos, aunque la expresión a la que hace referencia dicha frase es quizás el mejor ejemplo de la forma en que Donald Trump se espera enfrentará lo que queda de su mandato: su pelea por los votos que le están costando la elección no terminará hasta que termine.

Y es que la actitud de rechazo ante los resultados de la elección, manifestada por el Presidente de Estados Unidos que hemos observado en los últimos días, que por cierto ha sido objeto de burlas y del escarnio público, y que para gran parte de los medios de comunicación no es más que una “pataleta” del mandatario, desconocen (deliberada o casualmente) el trasfondo de la opción de Trump como candidato presidencial: consolidar la derrota del estado profundo.

Qanon, movimiento político que podría identificarse como el máximo referente de lo que podría denominarse como Trumpismo, plantea, en grandes rasgos, que existe un acuerdo de alcances globales destinado a enriquecer y a empoderar a una casta de actores políticos, sociales y económicos (que algunos identifican incluso como una red de pedofilia satanista) que han sido los promotores del nuevo orden mundial. Según los seguidores de esta teoría, evidentemente conspirativa, Donald Trump es considerado una suerte de mesías, y desde tal perspectiva estaría destinado a derrotar al estado profundo.

Obviando el juicio que cada uno pueda tener respecto de tal teoría, lo cierto es que la actitud de negación de los resultados que ha asumido el Presidente de Estados Unidos es perfectamente coherente con dicha visión mesiánica, y en vistas a lo estrecho de los resultados parece inevitable que la existencia de eventuales irregularidades sean exacerbadas aunque no alcancen ribetes determinantes en términos de cambiar los resultados finales.

Para quienes siguieron con atención la transmisión televisiva de los resultados que iban obteniéndose en la medida que se cerraban los locales de votación, resultaba evidente que el desempeño de los republicanos sería bastante superior a lo anticipado por las encuestas. No faltaron quienes a la luz de los primeros cómputos presidenciales avizoraron un inminente triunfo de Donald Triump (sobre todo al conocerse los resultados de Florida y Texas, estados que frecuentemente han votado por los candidatos del “elefante”, pero que se anticipaban más estrechos).

Sin embargo, en la medida que empezaron a contabilizarse los votos anticipados (correo) las cifras comenzaron a estrecharse hasta cambiar de tendencia y, en definitiva, a revertir los resultados iniciales para consolidar la “esperada” victoria de los demócratas.

Una segunda lectura de la forma en que votaron los estadounidenses terminaría por evidenciar lo que muchos analista preveían: los ciudadanos de las grandes ciudades (hiperconectados con las tendencias globales y, en general, más liberales) votaron mayoritariamente por Biden; en cambio, los habitantes de los poblados menores en cantidad de habitantes, como en términos de “conexión” con el mundo (la América profunda, eminentemente conservadora, despectivamente denominada red neck) apoyó al presidente en ejercicio.

En adelante, es posible anticipar que el oficialismo utilizará todos los elementos que estén a su alcance para dudar de la legitimidad de los comicios. Ello evidentemente repercutirá en el entorpecimiento del proceso de transición, lo que también significará constantes cuestionamientos acerca de la evidente inacción de la administración saliente en materias como el combate a la pandemia, cuestión de la que los republicanos también intentarán desligarse, dejando a Trump y sus acérrimos seguidores en una posición de creciente deslegitimación ante la opinión pública.

Un último elemento que asoma interesante de constatar es la labor que han desarrollado los medios de comunicación en la crisis derivada del lento conteo de los votos.

Las circunstancias que ha debido enfrentar el Presidente electo a lo largo de su vida, y el coraje, fortaleza y perseverancia con que ha enfrentado distintas vicisitudes, así como el mensaje unitario que transmitió durante la campaña, tienden a producir una evidente empatía con su figura y, desde tal perspectiva es evidente que los medios manifestaran cierto favoritismo por Biden.

Sin embargo, lo que no parece razonable es que ello se haya traducido en una suerte de veto a la información proveniente del entorno del presidente en ejercicio, así como el evidente menosprecio por su figura, y que también fue manifiesto en las transmisiones de los “enviados especiales” de medios de comunicación nacionales, quienes, en la práctica, se han sumado a los festejos demócratas.

Tal como señaló el candidato que finalmente resultaría electo, habrá que tener paciencia hasta el recuento final de votos, aunque en palabras de Trump sería algo más parecido a afirmar que esto (la revisión de votos) no se termina hasta que se termina, sobre todo considerando la vigorosa ofensiva que están emprendiendo los abogados del partido republicano en orden a no solo pretender revisar el conteo de votos, lo que resulta usual en elecciones estrechas. Lo novedoso es que ahora pretenderán analizar si cada voto emitido fue legítimo…

Equipo de AN

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