Luego de la paupérrima jornada electoral de este domingo surge una inquietud ¿vale la pena asumir los costos de realizar una votación en que la participación no alcanza al 5 por ciento de la población, con el mero objeto de argumentar luego que con ello el acceso a los cargos públicos es más democrático? A todas luces, la respuesta es no.

Teresa es una profesional que trabaja de lunes a viernes, desde las 8 de la mañana a las 6 de la tarde, para luego llegar a su casa y realizar otras tareas vinculadas con el cuidado del hogar y con la esperanza de compartir, al menos un par de horas con sus dos hijos. El reciente fin de semana había planificado un viaje a una localidad cercana a su domicilio con el objeto de descansar y aprovechar las condiciones climáticas para hacer algo de ejercicio y, por cierto, relajarse. Sin embargo, no pudo acompañar a su grupo familiar porque, una vez más, le “tocó” ser vocal de mesa en unas elecciones de las que, al parecer, muy pocas personas tenían noción. En la práctica, nuestra protagonista tuvo una jornada extra de trabajo esta semana, en la que cumplió con un deber ciudadano que, a pesar de contar con una retribución económica, no fue muy rentable. La fusión de mesas arrojó que Teresa y dos vocales más se prepararan para recibir los sufragios de más de 500 electores. Llegaron 43.

El ejemplo de aquella profesional se repitió a lo largo del país. Miembros de las Fuerzas Armadas y de Carabineros, que dada la contingencia de la pandemia han tenido que desplegarse ininterrumpidamente desde marzo a la fecha, como muchas otras personas vinculadas con el proceso eleccionario, tampoco pudieron estar con sus familias.

Uno de los argumentos principales a la hora de legislar respecto de la necesidad de establecer elecciones primarias se relacionaba con ello facilitaría el acceso de personas interesadas en el servicio público, que no necesariamente formaran parte de las cúpulas de los partidos políticos, quienes frecuentemente tienden a ser más conocidos por la opinión pública. Se buscaba democratizar el ingreso a las funciones públicas, y el análisis de los resultados de estas primarias permiten señalar que dicho objetivo se ha cumplido. Sin embargo, también se aprecia que los partidos políticos siguen primando a la hora de determinar qué candidato es el más competitivo en los respectivos distritos y circunscripciones del país.

Por otra parte, se han escuchado distintas voces criticando al Gobierno respecto de la supuesta responsabilidad que tendría en la difusión del reciente proceso eleccionario, crítica que en definitiva es bastante injusta cuando los principales involucrados en la primaria, los candidatos, no fueron lo suficientemente eficientes en la promoción de sus propuestas y candidaturas, obteniendo resultados verdaderamente escuálidos.

En la práctica, la ausencia de una norma que establezca la obligatoriedad de que los partidos se sometan al proceso de primarias ha convertido a tales comicios en un innecesario despilfarro de recursos del Estado que siempre son escasos y que bien podrían haber tenido otro uso alternativo.

Más grave aún es la exposición a la que se ha sometido a quienes han desarrollado actividades en este proceso electoral a la acción del COVID-19. Es de esperar que la movilidad generada con motivo de las primarias no signifique la expansión del coronavirus, especialmente en las localidades que evidencian un mayor índice de contagios.

Ojalá que Teresa no deba asumir que además se ha contagiado.

Equipo de AN