Frecuentemente se cae en el lugar común de calificar al expresidente argentino Carlos Saúl Menem como un “amigo de Chile”, cuestión que con motivo de su fallecimiento escuchamos de varios personeros de los más diversas “sensibilidades” del espectro político nacional. Al respecto, cabe mencionar que bajo sus diez años de mandato las relaciones entre Chile y Argentina vivieron complejos momentos, no comparables por cierto a los acontecidos a finales de la década de los setenta, pero que de alguna forma tienden a cuestionar tal afirmación, al menos en lo referido al supuesto “favoritismo” del exmandatario con nuestro país.

El arribo anticipado de Menem a la presidencia de la República Argentina, debido a la crisis hiperinflacionaria desatada durante el gobierno de Raúl Alfonsín, auguraba que el país trasandino se vería enfrentado a un período de turbulencia, con resultados inciertos. Sin embargo, el mandatario justicialista aplicó un plan de restricciones de corte neoliberal que facilitó una rápida recuperación de la productividad del país y de reducción del tamaño del Estado, fracturando la unidad del peronismo, que había sido estatista y asistencialista desde sus orígenes.

A inicios de la década de los 90s solía compararse el cambio en el modelo económico argentino con el sucedido en Chile desde 1974 en adelante, haciendo por cierto el contraste en que en un caso la transformación se había visto favorecida por desarrollarse en “dictadura”, mientras en el país trasandino se desarrollaba, no con pocas dificultades, en plena democracia.

El progreso económico de los primeros años tendió a consolidarse en el ámbito político con la reforma constitucional de 1994, empero la denominada crisis asiática de fines del segundo lustro de los 90s, que perjudicó especialmente a las naciones que basaban su estabilidad económica en el comercio exterior, terminó por incrementar las tasas de desempleo y de informalidad de la economía, como el fin del menemismo.

En materia de política exterior, en tanto, Menem propició la reinserción internacional argentina. Y es que a pesar de que el alineamiento de Argentina con Estados Unidos aparece como lejano en la memoria colectiva, es menester recordar el carácter “carnal” otorgado a la relación con el país del norte, que incluso significó su intervención en la primera Guerra del Golfo, así como el reconocimiento de ser aliado extra-OTAN, y el restablecimiento de relaciones diplomáticas con el Reino Unido.

El costo del referido acercamiento a Estados Unidos fue significativo. Independientemente de las investigaciones que se desarrollaron los años posteriores a su administración, el atentado en contra de la embajada de Israel en Buenos Aires, en 1992, así como el ocurrido en las instalaciones de la Mutualidad israelita (AMIA), en 1994, son interpretados como una consecuencia del alineamiento con la potencia mundial dominante.

Las relaciones con Chile no pueden ser abstraídas de la tendencia por mejorar los vínculos con los países vecinos, cuya mayor expresión se encuentra en el desarrollo del Mercado Común Sudamericano (MERCOSUR). Sin embargo, el resultado del fallo arbitral sobre la soberanía de Laguna del Desierto (Patagonia), favorable a los intereses argentinos, no hizo más que entorpecer tal espíritu. Favorablemente, los gobiernos de ambos países acordaron dar por superados todos los litigios territoriales pendientes, con excepción de la sección B de Campos de Hielos Patagónicos Sur, entre el monte Fitz Roy y el cerro Murallón, cuya demarcación no ha sido definida hasta nuestros días.

El desarrollo de las relaciones bilaterales redundó en un importante aumento en el intercambio de bienes y servicios entre ambos países. Conocidos son los esfuerzos de algunas de las principales compañías chilenas por expandir sus mercados invirtiendo profusamente en Argentina, en un proceso que sólo comienza a revertirse recientemente, y que bien podría adjudicarse a la pandemia que azota al mundo y la región, como a las políticas económicas impuestas durante la actual administración trasandina.

Amado o detestado, lo cierto es que la figura de Carlos Menem no dejaba indiferente a prácticamente nadie. Y aunque la década del menemismo, con sus luces y sombras, parecen ser sólo un recuerdo del siglo pasado, dejó una importante huella en las relaciones entre Chile y Argentina, por el bien de ambas naciones.

Equipo AN